23/10/20

Yo ayuso

            En mi diccionario personal, «ayusar» es prestar cooperación para señalar a alguien atribuyéndole la culpa de una falta, de un delito o de un hecho reprobable. Yo ayuso, tú ayusas, ella ayusa. Todos ayusamos. Pero sobre todo ella, cuando se habla de Madrid. Porque parece ser que Madrid es el motor de España y ella debe de ser el motor de Madrid. No quiero pensar quién es el motor de ella o lo que bebe.

También, en castellano académico el adverbio «ayuso» significa «abajo». Qué delicia semántica. Es imposible condensar mejor una cruda realidad, un grito colectivo y un augurio. Lo triste es que tal adverbio está en desuso, como algunos cerebros y vergüenzas.

Y ¿cómo resistirse a emplear «ayuso» como sustantivo? En el palabrizal que yo manejo, cometer «un ayuso» es usar excesiva, injusta o indebidamente algo con la excusa de auxiliar. Cuando lo hace una mujer el adjetivo es «ayusona». Cuando lo hace ella el adjetivo es tan comedido como inexcusable.

La Presidenta de la Comunidad de Madrid ayusa cuando con verbos, sustantivos y adjetivos que instilan anticomunismo de Celia Gámez intenta deslegitimar al gobierno de España. Ayusa cuando coopera con fascistas para calumniar, atropellar y segregar a los ciudadanos que hacen trasbordos mientras salvaguarda los privilegios del nacionalcacerolismo y prima entre los derechos humanos el pincho de merluza en José Luis. La Presidenta comete un ayuso cuando procura tapar con banderas las cifras de la pandemia y escatima rastreadores y sanitarios para tachar al ministro de arbitrario y erigirse en campeona de la libertad. La libertad de morirse, tan cara a la derecha. Tan cara para el pueblo.

Me pregunto qué inane parte de ese coche imaginario que es España en la mente de la ayusona puede ser la Comunidad Valenciana, de la que soy ciudadano. Tal vez, con suerte, la arena de playa que queda en el maletero después de comerse una paella.

En realidad, su patria, más que un coche, es una carroza: aquella con la que Fernando VII entró en Valencia a su regreso de Francia, a la que había vendido España por un castillo y una pensión anual de cuatro millones de reales. En Valencia se rebeló el felón contra la Constitución de Cádiz. Y en Madrid aún hubo pueblo que desenganchó los caballos para tirar a mano de la carroza al grito de «¡Vivan las caenas!».

Afortunadamente, en Madrid, como en Cádiz y Valencia, siempre hay, hubo y habrá leales a la patria entendida como pueblo soberano, y prensa dispuesta a defender la Pepa cuando arrecian las paparruchas.

Ya que para algunos Madrid acaba en zeta, animo a todos a seguir defendiendo la verdad, la justicia y el decoro hasta el fin de los ayusos conjugando el verbo «zolar». Repitan conmigo: yo zolo, tú zolas, él zola. Como Emilio.

4/7/20

El dueño de La Razón produce monstruos

Se conservan tres portadas manuscritas del grabado número 43 de los Caprichos de Goya. La que guarda la Biblioteca Nacional reza: «Cuando los hombres no oyen el grito de la razón, todo se vuelve visiones». La obra se publicó en 1799. Y parece que fue ayer, porque en España puede pasar cualquier cosa, salvo el tiempo.

La prensa española de entonces estaba en un mal momento. Uno de tantos. Como la Revolución Francesa había dado miedo a la gente de carroza, espadín y tafetán, entre 1791 y 1795 Carlos IV y el conde de Floridablanca mantuvieron prohibidos todos los periódicos no oficiales. Se ve que tanta ilustración les había hecho bola y la vigente censura eclesiástica les pareció poco. El caso es que lo de escribir y editar noticias y opiniones no recuperó vida hasta la guerra de 1808.

De aquel tiempo viene la expresión «mentir más que la gaceta», por la Gaceta de Madrid, vetusta madre del Boletín Oficial del Estado, porque inventarse cosas e imprimirlas como si fueran noticias ya se hacía muy bien entonces. Y esa y otras labores siguen teniendo sitio en la prensa española. Así, por ejemplo, llamar información a la opinión todavía es costumbre, si no modus operandi, de muchas cabeceras, tanto en la corte como fuera de ella. Tampoco ha cambiado mucho el arte de hacer libelos, aunque se lleve poco esa palabra porque huele a baúl lleno de conspiraciones y exilios. Y todavía se forjan a fuego las verjas del debate público, para que el lector crea que lo que le pasa es lo que se dice que pasa, no lo que le está pasando. Ahora a esa concienzuda labor se la llama agenda setting, que suena más a inocua gestión del tiempo que a manipulación y desarticulación política. Pero mona se queda.

Gran parte de este añejo desarreglo —que forma parte del lado malo del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad como la rumba forma parte del bueno— se debe a que demasiadas cosas tienen pocos dueños. Propietarios de cabeceras, imprentas, servidores y paquetes de acciones se convierten en amos de conciencias, porque las pesetillas siempre mandan, aunque en tiempos de Goya se llamaran reales y ahora euros. Y como tener es más de la mitad de poder, esos pocos dueños y sus pachás trasforman la voluntad de informar en máquina de conformar. Después, nadando como anguilas en el cieno del sesgo cognitivo de confirmación —que nos hace confiar más en la veracidad de las noticias que coinciden con nuestras creencias—, las máquinas de conformar se convierten en aparatos de performar. Y en ese punto los medios reaccionarios demuestran que las leyes de la termodinámica no se aplican al periodismo: la realidad se crea y se destruye para que no se transforme.

Así, el dueño de La Razón produce monstruos. Como los de OKdiario, ABC, El Mundo o El Español. Y, ya sin dolerle prendas, también el de El País. Vamos a contar mentiras. Por el mar corren las liebres; por el monte, las sardinas. Tralará. 

Cualquiera que haya leído novelas o visto películas de detectives sabe que siempre hay que averiguar quién sale ganando con el crimen. Pues cuando todo se vuelve visiones hay que preguntarse quién gana gritando más que la razón. Y al seguir el rastro hasta las opulentas guaridas de los alevosos suele resultar que allí no huele a tinta, sino a dinero, alfombra mullida y pólvora. 

Elegir periódicos sin más dueño que sus lectores y trabajadores es una buena manera de ventilar y recuperar el olor a información y a dato contrastado, que es un aroma más acorde con la vida, la democracia y el buen gusto. Pero más acá de la prensa y los perfumes hay una gran pregunta que conviene hacerse sobreponiéndose a la confusa galbana de la pandemia y los calores: ¿soy dueño de mi razón olos memes de Facebook ya han reducido mi juicio a la condición de mero compostador de bulos y filfas? Yo me lo pregunto siempre que puedo, porque tengo la impresión de que este mundo está tan necesitado de lectores juiciosos y avispados como de prensa libre. 

El anuncio de la «colección de estampas de asuntos caprichosos de Goya» publicado en la Gaceta de Madrid en 1799 dice que el propósito del autor era censurar los errores y vicios humanos ridiculizando «extravagancias y desaciertos que son comunes en toda sociedad civil», así como «preocupaciones y embustes vulgares, autorizados por la costumbre, la ignorancia o el interés». 

Aun tenemos mucho de eso en la patria y en la mente, «obscurecida y confusa por la falta de ilustración o acalorada con el desenfreno de las pasiones». Tanto seguimos teniendo que, dos siglos después, la razón vuelve a dar visibles cabezadas.

Goya tardó veinticinco años en exiliarse voluntariamente en Burdeos porque tenía la impresión de oler a liberal. Llevaba a cuestas sus monstruos. Y para entonces el impresentable de Fernando VII ya había cerrado periódicos y universidades.

Decía Gramsci que la historia enseña, pero no tiene alumnos. A ver si nos ponemos y, entre todos, le quitamos la razón.

31/5/20

Juego de pronos

Se dice poco «decúbito prono». Con la de vidas que está ayudando a salvar en las ucis y para el gusto que da decirlo, quiero decir. Y qué decir de «decúbito supino», que dicen que se dice igual de poco, a pesar de rimar con lechuguino, gobelino, concertino y marrasquino, que ya es decir.
Dejando a un lado el decúbito, lo cierto es que casi nadie que no lleve zuecos, sepa poner inyecciones y reciba aplausos por las tardes dice «prono». Es una pena muy grande, porque prono quiere decir «muy inclinado a algo», y esa condición, además de ser un índice de vitalidad para los idólatras del emprendimiento y una fuente de dolor tanto para los seguidores de Buda como para los tenistas que quieren mejorar su servicio, es pura médula antropológica. Ahora, por ejemplo, estoy yo prono a escribir sobre inclinaciones, y me voy a dar ese gusto.
Nos guste o no, todos propendemos. Yo propendo, tu propendes, ella propende. Ya sea al enamoramiento, a la pereza, a poner banderillas o a los colores claros, todos nos inclinamos a cosas. Y la vida moral consiste en gestionar el propender: en decidir si queremos o debemos propender a unas cosas o a otras y en dejarnos ir o contenernos cada vez que nos sentimos pronos. A su vez, el contrato social se basa en marcos de licitud para orientar, armonizar y juzgar la gestión individual y colectiva de las inclinaciones de manera que convivir sea llevadero. Por ejemplo: el contrato social facilita que dos vecinos coincidan en el portal asumiendo implícitamente que ninguno va a intentar comerse al otro, aun en el caso de que anden escasos de proteínas porque el precio del alquiler es incompatible con la vida. Al menos, así era antes de que los inquilinos de la verdad y lo público fueran desahuciados sin alternativa convivencial, a golpe de paparrucha, martingala ylaissez faire, por gente con muy mal fondo que propende a limitar la movilidad social para no cruzarse en el portal de la vida con nadie que limpie su propio baño.
Lo chocante es ver exigiendo libertad de movimientos a gente que detesta la movilidad social. El efímero nacionalcacerolismo, que ha durado lo que han tardado en abrir terrazas en el barrio de Salamanca, ha teatralizado esa contradicción, que es la nuez oculta tras tanto ruido. Los cerebros en avanzado estado de momificación de sus partidarios ven la sociedad como una pirámide: arriba, en el ápice revestido de electro, está la clase alta, con sus botellas de Salon Blanc de Blancs Le Mesnil-sur-Oger de 2002 y sus sicavs; debajo, la media alta, con sus jerséis de cachemira en los hombros y sus terceras residencias; y ya en lo gordo del edificio, camino del suelo lleno de mascarillas pisadas, la media mierda y la mierda baja. Los más cayetanos creen sinceramente que existen los aristós —los mejores—, y que el resto come mortadela de aceitunas porque la cabeza y el gusto no le da para más. Ni sermones de la montaña ni guillotinas ni declaraciones universales han servido para hacerles ver que no se es mejor por el apellido o las escrituras de propiedad, sino por la areté —la virtud y la excelencia—, que tiene la misma raíz que aristós y aristocracia, pero es mucho mejor, dónde va a parar. Y nunca aprenderán que los derechos no van asociados a ser mejor, sino a ser.
Siempre habrá ciudadanos proclives a tener más fincas en Extremadura que prójimos y más bolsos de Loewe que libros de bolsillo. Y gente que en el fondo aspira a ser como ellos aunque viva en el semisótano de la pirámide, ignorando que defiende un mundo en el que su cacerola siempre será del chino. A todos les espanta por igual que el contrato social establezca derechos y obligaciones de marca blanca y precio popular. En el juego de pronos se inclinan por los derechos de marca buena, que se llaman privilegios y son hereditarios, porque están hechos con la mejor piel de pobre y, si los cuidas, mejoran con el tiempo. 
Si queremos impedir que lo público se vuelva a servir mañana como aperitivo en una terraza de Serrano, habrá que abandonar el decúbito —esa horizontalidad de sofá sobrevenida por el confinamiento— y poner en cuarentena moral a los defensores del cortijo y del contrato social por horas. Cuando acabe el estado de alarma sanitaria empezará el estado de alerta política, porque la voracidad del capital es la obsolescencia programada de los derechos, y algunas cacerolas, más que a menaje, suenan a «viva la muerte».
Casi todas las pirámides ocultan tumbas. 

18/5/20

Ideolejía

En el verano de 1665 la peste se adueñó de Londres, y Samuel Pepys le dedicó unas pocas observaciones en su Diario. Son dispares. Algunas, oscuras e inquietantes como un cadáver atisbado en las sombras nocturnas de un callejón. Otras, tan claras y poco turbadoras como el apunte de un funcionario en un libro de registro. Las primeras están escritas con miedo, que da un negro más profundo que el carbón de pino del que procede la tinta china. Las segundas, con té negro, cuya escasa tintura moral da más miedo que el despertar del gigante asiático.
Una de las notas llama mi atención sobre las demás: «Septiembre, 3. Día del Señor. Me puse el traje de seda de color, que tiene gran prestancia, y mi peluca nueva, que no me atrevía a usar, porque la peste arreciaba en Westminster cuando la compré. Quisiera saber si las pelucas estarán todavía de moda cuando la epidemia termine: nadie osará comprar cabello en el temor de que pertenezca a cadáveres de apestados».
Reunir en una idea el horror insondable y la frivolidad más plana no está al alcance de todas las plumas, pero sí de todas las cabezas, y la mayor virtud de Pepys es dejar constancia de ese hecho universal con una franqueza indecorosa. Ahora que el SARS-CoV-2 se pasea por las calles del mundo con la desfachatez de Hitler en París y el sigilo de Fu Manchú en un fumadero de opio no debe sorprender que las pelucas y los muertos sigan mezclándose en las cabezas. Si se piensa, el tiempo de Pepys es poco más remoto que anteayer.
Dicen que los niños que fuimos siguen vivos en nuestro interior. Su crecimiento podría explicar por qué no nos abrochan los pantalones que compramos el verano pasado, si no fuera porque en las tiendas no queda harina. Dicen también que ese niño es una monada y que hay que cuidarlo porque en él reside lo mejor de nuestro ser. Y tal. Lo que no dicen los manuales de autoayuda ni los memes sin tildes que enmohecen las redes es qué tenemos que hacer con el tonto que cada uno de nosotros lleva dentro. Y si de algo podemos estar seguros en estos tiempos confusos es de que el niño y el tonto no están manteniendo la distancia de seguridad en nuestra mente, un espacio cerrado que, según la descripción de Jung, no tiene límite de aforo.
La discreción y la rectitud son, en días corrientes, prendas reservadas a las almas escogidas. Exigirlas en mitad de una pandemia sería ilusorio, pero cabe pedir un poco de prudencia verbal paralela a la profilaxis. Porque así como sin mascarilla podemos andar exhalando miasmas, sin recato en la opinión llenamos el mundo de aerosoles en los que viaja la tontería, que siempre afea, a menudo aturde y a veces mata. 
En lo que atañe a los aspectos sanitarios de este lío, será de agradecer que quien no sepa muchísimo sobre virus, epidemias, estadísticas, vacunas o medicina se lave las manos con frecuencia y se meta la lengua en el culo. En ese ámbito —no el rectal, sino el sociosanitario— deberíamos compartir una sola ideología: la confianza en la ciencia. Sugiero llamarla «ideolejía».
Sobre el resto de cuestiones y disciplinas en las que todos somos expertos —macroeconomía, geoestrategia, gestión de grandes movimientos migratorios, política fiscal en el marco europeo y elaboración de magdalenas— podemos discutir todo lo que queramos y dar rienda suelta al tonto que llevamos dentro sin que nadie acabe en la UCI. 
Y quien dice tonto dice «persona dotada de diversidad intelectual». Que cada cual llame al suyo como quiera. Faltaría más. Al fin y al cabo, al té negro los chinos lo llaman té rojo.
Aquí lo dejo. Voy a ver si paso de las musas al teatro una comedia en tres actos titulada «De la China mascarillas o El pangolín difamado». Y así no opino.

26/2/17

Vistalegre 2, cuarto izquierda

La unidad es una hermosura, porque gracias a ella reconocemos a cada ser como lo que es. Pensemos en Dios, por ejemplo. O, mejor aún, pensemos en un bocadillo de jamón. Sabemos que un bocadillo de jamón es un bocadillo de jamón por la íntima unidad de la loncha y las dos rebanadas que la envuelven. El jamón o el trozo de pan no son el bocadillo cuando andan solos por el mundo en su ruda libertad. Es verdad que aunque el pan no contenga nada, si está cortado a lo largo y en paralelo a la base de la barra, puede sugerirnos la idea de un bocadillo futuro o pretérito, pero el mapa no es el territorio: en tal caso no estaremos ante un bocadillo de jamón, sino ante el albur de una promesa o el vestigio de una profanación hipocalórica. Por su parte, el jamón solo nunca es un bocadillo; aunque sí una maravilla, todo hay que decirlo.

Sí, la unidad es chupi porque nos permite distinguir un bocadillo de jamón de Dios, o un berberecho de un partido comunista. Pero la indudable chupidad de la unidad no debe eclipsar el valor de la decena y el de la centena. Un berberecho está bien, pero diez están mejor. Y lo más interesante es que todo bivalvo es un bivalvo a pesar de que no hay dos bivalvos iguales. Eso lo hace la unidad. Pero en ocasiones unidad suena a callado estás más guapo, no queremos saber qué clase de berberecho eres tú. Es paradójico, porque en este mundo corpóreo, dile universo, dile Cuenca, la unidad requiere varios elementos cooperando para ser algo parecido a un ser. Como poco, dos. Y es difícil cooperar cuando no quieren saber que tú, mientras cumples disciplinadamente con las leyes de la física, de la evolución o de las urnas, sigues opinando que al pan del bocadillo habría que ponerle tomate. Una cosa es el acatamiento y otra la lobotomía. Una cosa es remar a compás y otra fingir orgasmos al ritmo que marque el cómitre.

Cuando se trata de grupos de personas, y especialmente de partidos políticos, yo, más que unidad, quiero cooperación. El pan con sus cosas de pan y el jamón en su papel de jamón trabajando juntos para convertirse en bocadillo. Esto quiere decir más juntarse que ser uno, y, sobre todo, significa operar, estar haciendo más que ser. Porque ser es útil para cosas como paladear, alcanzar el nirvana, llevar corbata o terminar en una lata rodeado de otros berberechos, pero la única forma conocida de ganar unas elecciones es estar, devenir y verse envuelto en el monumental embuste del samsara.

Con la humildad me pasa algo parecido. No es que yo quiera ponerle tomate a esa virtud tan cervantina, que aprecio en lo que vale. Es que, como todos los antiinflamatorios, tiene contraindicaciones. Vale que el conocimiento de las propias debilidades y la adecuación de la acción a ellas son indispensables para la política. Pero lo que tiene la humildad de sumisión y contención dentro de los límites del propio estado combina con el liderazgo como el chantillí con los berberechos. Más que humildes, quiero dirigentes prudentes.

Pero no puedo negar que “unidad, unidad” es un grito colectivo más eufónico que “juntamiento, juntamiento” o “cooperación, cooperación”. Ni se me escapa que en la caverna platónica que albergan muchas orejas izquierdas prudencia rima con moderación y reformismo. Muy en asonante, pero rima.

Qué le vamos a hacer. Con lo bonito que sería tener las orejas transversales, tomate listo para quien quiera ponérselo en el bocadillo y un gobierno del cambio en la Moncloa.

4/3/16

Es un chivo giratorio

Señor presidente, señoras y señores diputados:

Tengo la mano tendida. Hemos de ser generosos, tener altura de miras, tender puentes. Es hora de sumar voluntades, de dejar a un lado estériles debates sobre chivos expiatorios, cabezas de turco y puertas giratorias. Y no es momento de echar nada por tierra. 

No hay líneas rojas, sino margen para construir un espacio de encuentro donde fraguar, codo con codo, espalda con espalda, el cambio de progreso que están demandando los extrañoles. Señorías, esto es Europa, y tenemos mimbres para tejer el cesto. Estamos muy cerca. No puede haber miedo al abrazo del oso cuando lo que urge es romper un compás de espera que está retrasando el cambio. Más allá de interpretaciones oblicuas del mandato popular que buscan romper Extraña y vaciar de sentido el marco de convivencia de que nos dotamos en 1978, tenemos por delante grandes retos, pero también oportunidades históricas. Y es en ese horizonte donde deberían confluir las miradas de todos los demócratas. Debemos poner sobre la mesa políticas capaces de acercar posiciones, y convertir la confianza, el diálogo y el pacto leal en piedras de toque de un nuevo modo de hacer política por y para los ciudadanos. Es este un escenario inédito, sí, pero no hay razón para buscar chivos de turco. Desde el minuto uno he dicho que tengo la mano giratoria y nadie se encontrará conmigo allí donde los cestos son tejidos por osos. Una y mil veces diré que las líneas oblicuas no sirven para dinamitar puentes generosos. Y no debe achacarse al compás roto, sino a la oportunidad que nos brinda la historia de atravesar una puerta de turco que solo tiene un marco de mimbre.

Señorías, comparezco aquí sin miedo a estar demandando a los extrañoles que saben sumar. Porque puedo asegurarles que los turcos estériles no tienen mesas, y que no hay nada más cerca del horizonte que ese chivo que está rompiendo las piedras. Este país necesita retrasados en espera bien dotados. Este país necesita cabezas giratorias capaces de hacer el oso. Este país necesita ponerme sobre una piedra y convivir hasta achacarme las cosas que tenemos por delante y no sirven para buscar el más allá.

Señorías, tenemos un minuto, y hoy está en sus codos elegir un nuevo modo de interpretar los puentes que debemos a Europa o abrazar por la espalda a esos ciudadanos expiatorios del espacio que son un reto a la razón y están a mil. Voten en conciencia al chivo giratorio que les urge o aseguren las mesas rojas con dinamita popular. Pero sepan que si deciden echar en un cesto el sentido de las voluntades históricas, si rompen con la cabeza de tejer 1.978 puertas y dejan confluir en la nada las miradas de la tierra, en pacto trocarse puede el clavel de sus mejillas.

Muchas gracias.

11/2/16

Extrañolito


El papa Inocencio IV, que era conde, podía hacer gala no solo de un nombre bonito, Sinibaldo, sino también de una mentalidad hierocrática, un guardarropa la mar de vistoso y unos prontos muy malos.

El 15 de mayo de 1252, poco antes del aperitivo y acaso inspirado por el aire casual wear de la mitra de brocado que llevaba en la cabeza, publicó la bula Ad extirpanda, que autorizaba a la Inquisición pontificia a torturar a los herejes “sin dañar el cuerpo o causar peligro de muerte”.

No mucho tiempo después, al regreso de un tonificante baño de masas en egipciaca silla gestatoria, reconfortado por el aire de dos flabelos de pluma y tal vez abandonado al peso simbólico de llevar el cráneo transformado en proyectil por una tiara no ya de dos coronas, como la de un sencillo faraón, sino de tres —la de papa, la de obispo y la de rey—, y embutidas las tres de piedras preciosas como huevos de archivero, se tomó cuatro mistelas y decretó que a los herejes relapsos —los reincidentes o reluctantes— se les dañara el cuerpo tanto como hiciera falta para hacerles perder totalmente la salud.

Qué peligro tiene cogerle gusto a las cosas cuando uno tiene mala sangre, presupuesto y mando en plaza. Porque no es lo mismo cogerle gusto a torturar herejes que cogérselo a Sofía Loren o a los sobaos pasiegos, que son dos logros formidables cuya única explicación es el uso de una tecnología extraterrestre muy superior a la humana, pero que no hacen daño a nadie. O sea, que no estamos solos en el universo, pero aquí sí.

El caso es que como hoy es el aniversario de la proclamación de la Primera República, me ha dado por pensar en lo importante que es no cogerle gusto a discutir por tonterías mientras te están dañando el cuerpo. Y nos lo están dañando; el cuerpo humano de mucha gente y el social de todos los que no ganamos cuando otros pierden. No por herejes ni por relapsos, sino por pobres y, sobre todo, por lelos, que hay que ver lo que aguantan estos lomos.

Si este país tuviera movilidad social, si tuviéramos costumbre de hacer las maletas y cambiar de sitio no acuciados por la miseria, sino impulsados por el noble afán de hacer algo más fructífero y la confianza en poder vivir de lo que hacemos, sería provechoso repartirnos proporcionalmente el territorio nacional entre las dos Extrañas. Un país para los que consideran que tener ancianos buscando en los contenedores es una pena y otro para los que consideramos que es una vergüenza. Un país para los que creen que meter en la cárcel a un titiritero a causa de su trabajo es justicia y otro para los que creemos que es tiranía.

A lo mejor así conjurábamos el maleficio y a nadie se le helaba el corazón. A lo mejor una Extraña dejaba de morirse y la otra de bostezar.

Ya falta poco para llegar a los años treinta del siglo XX. Y no hemos preparado nada serio para el cuarto centenario de Cervantes.

7/2/16

Tardanzas y gobernanzas


Quizá porque estuvimos en un tris de que se nos juntara la Inquisición con el foxtrot, en España “último grito” siempre sonó más a tortura que se le ha ido de las manos al verdugo que a vanguardia. Este era un país serio; aquí no se adoptaba nada nuevo si no venía avalado por una larga tradición. De hecho, prohibíamos todo lo que no ignorábamos. En general y por si acaso. Y si era francés, con más razón, que manda huevos la paradoja.

Así es Extraña. Pero de vez en cuando hacemos algo muy nuevo de repente, como la Transición. Se supone que, gracias a ella, en los cincuenta y tres años que llevo haciéndome pasar por mí mismo con cierto éxito he votado, si no me falla la memoria, en dos referéndums, siete elecciones europeas, nueve generales, ocho autonómicas y nueve municipales. No puedo decir que me haya divertido mucho en esas treinta y tres ocasiones —no he bailado ni bebido ni conocido a nadie—, pero se ve que he contribuido a consolidar cosas buenas como, por ejemplo, la costumbre de invitar a todo el mundo a ese tipo de eventos.

Cuando yo era niño la gran fiesta de la democracia era una costumbre extranjera, como cenar a la hora de la merienda o divorciarse, porque aquí la democracia era orgánica, que no quiere decir que se cultivara sin productos químicos, sino que no era democrática. A sus fiestas era difícil entrar si no eras un señor mayor con gesto de tener un destino en lo universal y chófer, o una señora mayor con cara de tener perlas aún mejores en casa. Todo quedaba en familia. En la familia de ellos, que tenían una casa con mucho servicio en un municipio que también era de ellos, como el sindicato al que tenía que afiliarse el chófer. Y, por encima de todo, el orden: lo que era importante para España se agrupaba en tríos, como Una, Grande y Libre; Mundo, Demonio y Carne; Familia, Municipio y Sindicato o Café, Copa y Puro; y las cosas de andar por casa iban en dúos, como Bobo y Pequeño, Manolo y Ramón o Vagos y Maleantes. Debía de ser porque tres juntos ya eran una reunión, y eso no se podía hacer así como así. Creo que todo el mundo se dio cuenta de que el Régimen tenía las horas contadas cuando en 1972 aparecieron en televisión Gaby, Fofó y Miliki gritando “¿cómo están ustedes?”. Dado que era un trío, nos pareció importante. Como venía de América nos sonó, más que a pregunta, a exclamación admonitoria: “¡cómo están ustedes!”. Y nos pusimos más en serio a hacer cosas para poder votar y divorciarnos y cenar a cualquier hora o lo que nos diera la gana.

Luego vinieron 30 años de votar bastante y hacer cada uno lo que podía para llegar a tener unos relojes muy caros que salían en los dominicales de los periódicos al lado del caviar como detalles normales de la vida de la gente. Hicimos cosas como nacer, estudiar, trabajar, estar en paro, robar y entrar en la OTAN. Después nos fuimos un poquito a la mierda. Y en eso estábamos cuando llegó 2016, un año que en numerología básica suma nueve, que es igual a cero, y no lo digo por desanimar.

Ahora el último grito es decir que lo primero es resolver los problemas de los ciudadanos, pero dando la impresión de que el mayor problema que tenemos los ciudadanos es no tener gobierno, como si nos quitara el sueño que al rey se le derrita Baqueira mientras espera un investido. Y como con Cortes variopintas los gobiernos no se montan como las estanterías de Ikea puede que ahora después tengamos que votar más, a ver si.

El caso es que a mí votar no me da pereza, que aun no siendo jaranero reconozco que una fiesta es una fiesta, pero que me gobiernen no es cosa que me vuelva loco. En cambio, la separación de poderes sí que me da ganas de levantarme de la cama, como a Montesquieu. Pero —será por tantos años de adhesión inquebrantable, será por tantos años de rodillo en la Carrera de San Jerónimo— el poder ejecutivo se nos vino arriba hace lustros, convirtiendo el panorama de la democracia representativa en un selfie del Rey Sol. Y eso no es.

Ya que tenemos el Congreso lleno de gente recién contratada, ¿no podrían ir quitando leyes feas y poniendo leyes bonitas? Aunque sea en los ratos libres que les dejen las ruedas de prensa y las entrevistas. Que para legislar no hace falta gobierno. Que ya hay proposiciones que discutir y votar. Y digo yo que no debo de ser el único que nota cómo el poder legislativo le emana de la soberanía y se le arremolina en las arrumbadas libertades.

Claro que a Montesquieu lo prohibieron hasta en Francia.

26/4/15

Bastante casi


Miedo me dan esas personas que nunca son muy, que todo lo encuentran bastante, que nuncan pasan de casi. Especialmente si usan diminutivos acabados en e.

Me pregunto qué fueron en sus vidas anteriores: ¿bufanda gris, infusión de manzanilla, figurita de Lladró? ¿Qué han hecho con su karma para estar tan flojos? ¿Están vivos o se están viviendo encima? Y, sobre todo: ¿van a votar opciones moderadas?

No digo yo que sea imprescindible haber sido faraón o Marie Curie. Una regresión hipnótica te puede quedar supermona con haber sido campesino búlgaro bajo el dominio otomano, o corista en el Teatro Chino de Manolita Chen. Yo, sin ir más lejos, fui mosca y ministro de Franco, aunque no simultáneamente. Pero, atención, hay que esforzarse un poco ahora para que la vida quede curiosa luego, cuando la recuerde otro. Y eso pasa por ser a veces contundente, exagerado o excesivo. No hay nada malo en ello; exacerbar de vez en cuando es saludable. Y se puede hacer mucho bien a la humanidad siendo gallardo, tajante y lenguaraz, profiriendo juicios procaces, abismándose en la efusión emotiva o en la sobreactuación trágica, haciendo el payaso o magnificando un comino.

Pero no. El mundo moderno —la vieja Europa y las viejas nuevas europas— es tan cursi como cruel. El estólido batiburrillo de máximas de Krishnamurty, fotos de postres, suicidios por desahucio, adorables gatitos, naufragios ignominiosos y outlets de marca que asola los mentideros digitales es mal signo. Es vida al tuntún. Óptimo sustrato para la proliferación de lo mediano. Perfecta puesta en escena para la decadencia de un mundo en el que decir crimen y culete en una misma frase con faltas de concordancia ha llegado a ser normal.

Se muere el padre de un amigo y pones un me gusta. Oyes decir “resultó bastante ileso” y ni te ríes. Te sodomizan sin preguntar y lo encuentras un poco fuerte. Porque todo es tan como si que qué más da.

Puede que una vez más nos estemos volviendo idiotas.

La otra noche, aprovechando un corte publicitario, fui a la cocina a tomarme una pastilla que tomo para que me guste Facebook, y, tabique por medio, creí oír en un anuncio algo distinto. Por fin algo rudo, sin poquedumbre ni medias tintas. Una frase acerada, con navaja en la liga, de las que se mastican mirando a los ojos sin parpadear, a lo Callahan, o más bien a lo Carmina: “Te voy a dar una leche que se te va a fijar el calcio en los huesos”.

Por un momento me flaqueó el sentimiento trágico de la vida. Me sentí reconciliado con la cultura popular y abrigué la esperanza de ver mear fuera del tiesto al hombre nuevo. Por un instante recuperé la fe en la capacidad regenerativa de la especie.

Pero no. Tampoco. Lo había entendido mal. El anuncio dice algo normalito sobre una leche de esas enriquecida con tantas cosas que apenas lleva leche. Una frase tan corriente que ni siquiera es muy mediocre. Una frase bastante casi.

Así que nada, no hay esperanza.

Es un poco terrible.

30/1/15

Yo eras así


El narcisismo bien entendido empieza por uno mismo.
FERNANDO WULFF



Lo mío conmigo parecía que iba a durar toda la vida. Bueno, hay quien pensó que solo era una aventura, un aquí te pillo aquí te mato, un revolcón; pero yo estaba convencido de que había algo más y era bonito.

No digo yo que bebiera los vientos por mí —no había ceguera—, pero cierto es que me quise y me respeté cuanto podía un cabeza de chorlito.

Luego, un día, o más bien poco a poco, de muchas noches a muchas mañanas, empecé a encontrarme defectos. Ya no me hacía tanta gracia que se me durmiera un brazo en la cama. De repente me veía piel de pollo en el dorso de una mano. Una tarde me oía rematar mal una oración subordinada, con una dejadez de la sintaxis que auguraba otros derivados de la miseria intelectual y graduales mermas de la gracia. Otra tarde no se me ocurría nada que pensar y me estallaba en la cara uno de esos silencios que no saben dónde mirar que no haya ojos.

Un domingo, sin necesidad, me administré palabras de agua oxigenada en una duda abierta.

Y un día me mandé a la mierda sin el menor atisbo de ternura.

Estuve un tiempo sin hablarme. Me echaba de menos, pero no sabía si era peor no saber nada de mí o enterarme de cosas que no quería saber. Por unas o por otras tardé mucho en coincidir, darme la mano y preguntarme cómo estaba.

Cuánto tiempo sin verme.

Y el caso es que sin esfuerzo, con la descorazonada naturalidad de quien asa un cordero lechal que no ha matado personalmente, me acostumbré a tener conmigo una relación civilizada.

La vida ha seguido. Ya no hay amor, ni encuentra butaca la amistad, pero me deseo lo mejor. Y al fin no me incomodo.

Creo que estoy cerca de poder rehacer mi vida, sin lastres que ya no importan a nadie. Lo pasado, pasado. Sin rencor.

Aunque me haya comportado como un verdadero hijo de la gran puta.

27/1/15

Tengo mis dudas sobre la materia


Las cosas hechas con átomos complican mucho la vida. Tienden a caerse y se enredan mucho en todas partes. Además algunas gotean y otras pesan más de lo que una pereza cultivada puede asumir sin riesgo.

Las perchas, por ejemplo. Si su sino ineludible es sujetar la chaqueta colgando de la barra, ¿a qué viene cuando las coges ese afán de engancharse a todo, de pescar ojales ajenos con el garfio y extender el caos por el armario? ¿Es jugueteo? ¿Es protesta? ¿Es populismo? En cualquier caso es agotador.

Es como lo de Eróstrato, el pastor de Éfeso que el 21 de julio del año 356 antes de nuestra era incendió el templo de Artemisa para hacerse notar. Vale, aquello era una de las siete maravillas del mundo, no una camisa de Zara. Era otra cosa, pero no enteramente otra, porque ¿cómo no vislumbrar erostratismo en la actitud de las perchas, las cremalleras de las maletas, los sacacorchos, las mangueras, los carritos de supermercado? Tal vez no buscan fama a cualquier precio, pero algo traman. Y eso no es propio de moléculas ordenaditas y sujetas al concierto cósmico. Cada vez que pugno por arrebatar el faldón de la camisa que acabo de ponerme de las fauces de la cremallera del pantalón siento cómo la metafísica me echa el aliento en el cogote. Y encima llego tarde.

Sé que mis raptos de ira y abatimiento cuando las perchas o los cables están ganando la batalla denotan un resabio antropocentrista y un principio de manía persecutoria que no hacen justicia a mi reputación de hombre juicioso, pero es que no puedo con eso. Vale que te lleve la contraria algo con alma, algo con pelo y manías, algo sin toma de corriente ni precio. Hasta se agradece. Pero es un abuso que un palo con un ganchito te arroje a la cara toda tu insignificancia e ilumine la insondable soledad en que has levantado tu frágil choza personal con trocitos de angustia pintados de colores y virutas de certeza pegadas con lágrimas a hormonas disfrazadas de palabras. Sobre todo si has madrugado bastante para llegar a tiempo a un sitio donde tienes que hacerte pasar por listo y capaz de algo.

Sospecho que evitar meticulosamente el trato con cosas es la clave del liderazgo. No hay nada mejor para la autoestima que delegar los asuntos de la materia. Por eso a Luis XIV le limpiaba el culo un duque, y a las personas que tienen jerséis que no hacen bolitas y ordenan transferencias bancarias de pequeños principados montañosos a pequeños países tropicales les abren las puertas, les cuelgan las chaquetas y les quitan los pobres de delante con una porra.

Yo, como no soy de liderar nada, no pretendo escurrir el bulto. Ya me ocupo yo. Pero sí agradecería estar en condiciones de contratar fijo a un filósofo para que me ayudara a arrostrar la angustia cuando tengo que desatar el nudo ciego de un zapato para quitármelo y dormir. Y eso lo veo lejano.

Naces solo, te enfrentas solo a las perchas y mueres solo. Esa es la verdad de la vida. Y si puedes contratar al filósofo por horas, ya puedes darte con un canto en los dientes. Pero date tú, que nadie lo hará por ti.

30/11/14

Jodemos


Se nota que jodemos. Joder de fastidiar, no de practicar el coito, que eso ya cada uno. Y mola.

Se nota porque trinan, desbarran y despotrican. Unos como mala gente que son. Otros como gente que no puede o no quiere salir de Matrix. Y cuanto más vociferan más jodemos.

Les jode que jodamos. Cuanto más les jode más denostan, pero al denostar consiguen que seamos aún más los que jodemos. Porque se pongan como se pongan, lo primero que queremos es joder a los que nos han jodido. Que tomen valeriana como si no hubiera un mañana. Que se vayan a buscar la cagada del lagarto. Y que paguen.

Esta potencia electoral que tanto jode no tiene nada de asombroso. En su fuente de alimentación hay un núcleo indestructible que no es el descontento; es la venganza. Cuando el afán de castigar la desmesura es prioritario nada lo mata y todo lo engorda. A partir de aquí, el partido, la plataforma o la coalición son lo de menos. Si una herramienta deja de servir, inventaremos otra pitando, y joderá más.

Además les jode que haya sido de la noche a la mañana. Almas de cántaro. No se dan cuenta de que llevan sin darse cuenta y jodiendo tanto tiempo como llevamos nosotros palmando, rumiando y cogiendo carrerilla. Y ahora esto no hay quien lo pare.

Podemos es visto ante todo como una opción instrumental. Es el modo más rápido y seguro de conseguir un objetivo simple compartido por multitud de gente variopinta: apear a los que nos joden, a los que nos han jodido y a los que juegan a lo mismo aunque aún no estén jodiendo. Ya de paso, ventilar bien y barrer todos los rincones. Y luego ya veremos.

Es tan sencillo que el votante apenas necesita ver partido, programa y candidato. Si acaso, lo justo para saber que son demócratas, que son nuevos, que no son tontos y que no parecen mala gente.

La venganza, aunque esté mal vista, es pariente de la justicia, y es un pecado que tiene muchas virtudes cuando no media el arrebato. Por ejemplo, la eficiencia. De ahí que nada más verla reconociéramos a la Némesis que andábamos buscando: alguien que no debe obediencia a los dioses olímpicos, que quiere restaurar el equilibrio y que puede actuar deprisa. Somos legión los que no tenemos nada que perder o estamos a un filo de cuchilla de perder lo que nos queda. En tal tesitura, vemos a la diosa con alas, como los viejos romanos. Lo demás no importa.

Dénse por jodidos los que trinan y los que tengan algo que temer de la justicia retributiva. Salga el sol por Antequera y póngase por donde quiera.

Sí-se-jode. Sí-se-jode. Sí-se-jode.

5/11/14

Las palabras de entretiempo


Dieciocho grados en Dénia. Toca guardar las palabras de verano y sacar las de entretiempo.

En la costa de Levante el vocabulario de invierno se eterniza en el armario, y solo sale para viajar. Son palabras que uno tiene más en la maleta que en la boca. Y yo, que de unos años a esta parte viajo menos que el buzón de la Piquer, ya ni sé lo que tengo.

Biruji, por ejemplo. Qué desazón de orejas y qué ganas de caldo. Eso lo digo yo cuando voy en otoño a la sierra de Madrid. Y en esos días de febrero en que la sierra te apuñala como a un mameluco al doblar las esquinas en la Corte, cuando el gris te escarcha las lágrimas como si fuera la reina de Turingia y no hubiera un mañana, suelo referirme al cuchillo de Guadarrama. Así se ve que he leído a Lope, que siempre viste.

Otra cosa es la rasca. Yo apenas tengo ocasión de usarla. Es ese hielo universal e invisible que cae sobre el mundo y sus almas en los llanos de Castilla y de La Mancha, con más sigilo que misericordia, sin un soplo ni descanso, quebrando por igual la fe y los adoquines. Como si Dios se hubiera ido a un resort de Santo Domingo, dejando a sus corderos a merced de la entropía.

Pero no todo va a ser clima en la vida. También están las cosas que hacemos las personas. Por ejemplo, los imperios.

A mí imperio me suena a entretiempo. Es una cosa que puedes hacer en primavera y a principios del otoño, pero que en verano y en invierno da mucha pereza. Por eso había tantas vacaciones en las guerras antiguas, antes de que la máquina de vapor, el motor de explosión, la corriente continua y la publicidad nos volvieran a todos tan tontos como para creer que comer albaricoques en enero es un avance.

Honradez, en cambio, es una palabra más útil cuanto más calor o más frío hace. Para ser sueco o tuareg tienes que ser honrado y puntual, porque si las cosas no son como tienen que ser, te mueres. De frío, de calor, de sed, de lo que sea; pero te mueres. En cambio, a veintitantos grados uno se puede permitir el lujo de relajarse, y si se descuida, lo mismo carda que peina, lo mismo paga que no, lo mismo sabe que olvida, lo mismo cumple que no.

Esto no quiere decir que los del sur seamos más vivalavirgen por un determinismo de la Agencia Estatal de Meteorología. No. Sin los curas y los caciques que llevamos sentados en los lomos desde la protohistoria, que se nos agarran a los ojos para no caerse, podríamos haber sido otra cosa. A pesar del calorcito, del clarete y de la laxitud moral de los cuerpos en la siesta. Ni suecos ni tuaregs, pero otra cosa mejor. Claro que, de momento, hay lo que hay.

Yo ya no recuerdo si tengo honradez. Entre que en este reino los malhechores han conseguido que no encuentres el momento de usarla, y que cuando falta el dinero la penuria vuelve liviana la memoria y creativa la moral, no me acuerdo. Lo veremos ahora, cuando cambie el armario de las palabras. Pero no prometo nada. Al fin y al cabo, todo pueblo se vota a sí mismo.


12/10/14

Homenaje a lavandera

Donde esté lavandera que se quite la bandera.

Lavandera huele a honrado jabón barato y cosa útil que se hace con las manos. La bandera huele a concepto de segunda mano que transfiere la renta hacia arriba.

Aunque, en honor a la verdad, la bandera es un tema bonito, porque no hay muchas cosas que puedan ser enarboladas, y enarbolar es una hermosura de verbo. Uno puede comerse un mantecado de Astorga, escribir un libelo contra los canónigos, construir un molino de viento o transmitir un virus tropical, pero no puede enarbolarlos.

Además, para enarbolar bien hay que tener nacionalidad o bando. Si no se tiene ni lo uno ni lo otro, a lo más que se llega es a llevar una bandera en la mano, con ese aire insustancial y carente de programa de quien lleva un paraguas o una ensaimada de Mallorca.

Pero ¿cómo sabe uno que tiene nacionalidad? ¿Es al tacto? ¿Por ventura hay que palparse? ¿Hay que fijarse en el idioma que uno habla? ¿Se induce del gorro que uno lleve en la cabeza? ¿Acaso basta mirarse el pasaporte?

Y en lo que concierne al bando, ¿a qué edad sale?, ¿requiere cuidados especiales?, ¿favorece con ropa ceñida?, ¿se puede cambiar de bando enarbolando una bandera?, y, sobre todo: ¿cómo puedo saber si soy de los nuestros?

La sección FUQ de mi cerebro está petada de preguntas así. Frequently Unanswered Questions. Quizá por eso no acabo de engrosar las filas de ningún bando. Aunque más lo achaco a que engrosar no es un verbo tan fino como enarbolar, porque igual que engroso unas filas puedo engrosar un cerdo o una oca, y a una palabra seria no se le pueden mezclar los ideales con las cosas de comer.

Tres cosas sí tengo claras: que enarbolo es un pedazo de primera persona del presente de indicativo, que el de lavandera es oficio más digno que el de abanderado, y que una nación casi siempre es un bando equivocado.

Los horizontes enemigos que se pueden determinar con un GPS son marcas blancas del poder. Y el poder no tiene patria. Esos símbolos que se enarbolan para decir yo soy de aquí son tiralíneas de trapo. Todos. Llámalo línea, llámalo frontera, llámalo H: un modo de saber qué eres y qué no por dónde estás o dónde te parieron. Un modo de decir yo sí, pero tú ya menos, porque eso que enarbolas tú no lo enarbolaría yo ni harto de vino. Un modo de estar entretenido y mirar para otro lado mientras te roban, robas, mueres o matas por motivos espurios.

Los verdaderos enemigos nacen en cualquier sitio, viven en cualquier parte, hablan cualquier lengua, se llevan bien entre ellos y son más de arengar para que se enarbolen cosas que de enarbolar ellos mismos, porque siempre están contando dinero y necesitan las dos manos. Es gente que amasa fortunas en vez de panes.

“¿España? España no existe. Es uno de mis Disparates puesto en pie en la noche de los tiempos”. Eso pone Carlos Rojas en boca de Goya en El Valle de los caídos. Si Cataluña es otro disparate o es el mismo, poco importa. Casta no hay más que una. Y a nosotros nos encontraron en la calle.

13/9/14

Hágase la Udef


Todo apunta a que Dios Padre será imputado la semana próxima por presuntas irregularidades en la creación.

La Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal de la Policía Nacional aprecia sobrecostes injustificados en los actos de hacer la luz y separar la tierra de los mares. Asimismo, parece claro que la sociedad unipersonal adjudicataria del Génesis creó a Adán y Eva con el único objeto de disponer de testaferros para ocultar el desvío sistemático de capital hacia universos paralelos a través de paraísos ubicados en otras religiones. Esto explicaría los desalentadores resultados obtenidos por los filósofos en su búsqueda del sentido de la vida. “Hemos venido al mundo a firmar lo que nos pongan delante y callar la boca; punto pelota”, declara Eva en arameo antiguo en una psicofonía judicial adjunta al informe de la Udef.

La posterior expulsión de los dos directivos del Paraíso Terrenal pudo deberse a desacuerdos en el reparto de comisiones ilegales cobradas a los animales de pluma por el uso del aire. Esta trama paralela, conectada con el caso de las facturas falsas en concepto de asesoría para dar nombre a millones de animales que no existen, podría propiciar además la imputación de una larga lista de tronos, potestades y dominaciones.

En otro orden de cosas, la fiscalía rastrea las posibles conexiones entre la flota de carros de fuego de alta gama del profeta Ezequiel y los presuntos sobornos recibidos a cambio de predecir la adjudicación de las obras de restauración del templo de Jerusalén. Al parecer, obran en poder del juez cuatro iconos que representan al profeta descargando sacos de oro de un carro celestial de marca Tetramorfos.

27/7/14

Dramas y caballeros


Desde que el pasado es inminente, Extraña huele a níspero pocho.

La mosca del vinagre —la diminuta Drosophila Melanogaster, cuya contribución al avance de la genética merece más un monumento que las carnicerías de cualquier señor a caballo con bigote— no nimba todavía a los ministros y a sus leguleyos. Pero veremos el fenómeno; todo a su tiempo.

Mi frasquito de colonia copiada de ocho euros no da abasto para disimular el tufo a ayer. Y cuando un país o una persona —que para el caso es lo mismo— huelen a ayer, malo.

Los perfumes muy buenos hacen que la gente huela a mañana, que es lo que da ganas de vivir. Los perfumes buenos huelen a luego, que es toda una promesa en el microcosmos hormonal. Y cuando un aroma combina bien con el pH de la piel o del tejido social, hace que todo huela a futuro, menos las chamarilerías, que huelen a sus cosas de viejo (o a historia, si tienes ganas de vivir y el biorritmo rampante).

Pero Extraña huele a capitalismo de chistera y habano. A patriarcado de plánchame la camisa. A especismo de déjame buscar petróleo que creo empleo. Y cuanto más huele a rico de ayer más huele a pobre de ahora, a mujer sin futuro, a peces muertos.

Es un asco, como casi todas las vergüenzas que no son fruto del pundonor o genitales.

Y es que la cultura coge olor con una facilidad pasmosa. Me río yo de la lana. 

Un día de 1979 sentí que la música, los zapatos, las novelas, las películas, los programas de televisión, los peinados, los partidos, los bigotes, las lámparas y las ideas se habían convertido en un coñazo de dimensiones cósmicas. Como un síndrome de Stendhal pero mal. Y me hice un tupé muy grande. Ayer tuve la misma impresión intentando sintonizar en la radio algo que no fuera vulgar, manido, inane, estólido, cursi o tendencioso. Y apagué la radio y me puse a silbar.

Dramas y caballeros: esto no da para más. Es tan fuerte el olor acre de los dramas sociales orquestados por ladrones disfrazados de caballeros con trajes de ayer, que nos estamos quedando tontos. Los que puedan, los que aún recuerden a qué olía el mañana que creíamos seguro —sea porque su mente es brillante, sea porque su corazón es robusto, sea porque padecen rinitis— que vayan ventilando, a ver si con el aire fresco se nos ocurre algo.

Y el que vaya a comprar las guillotinas que se acuerde de traer perfume bueno.

Con un poco de suerte, esta vez hacemos entre todos algo mejor que peinarnos de otra forma o ponernos a silbar. Lo mismo podemos.