4/5/14

Tener y no tener. Y eso.


Estoy cumpliendo años por encima de mis posibilidades. Cuando te cambian las velitas de la tarta por un solo cirio para que se vea algo de nata, llega el momento de hacer recuento y de tirar lo que no sirve. Por lo menos esos zapatos que no te pones nunca pero que da pena tirarlos porque qué pena tirarlos.

Pronto tendré cincuenta y dos años. A mi edad Rimbaud ya llevaba quince muerto. Y María Zambrano había publicado El hombre y lo divino. Debo hacer algo. No digo yo lo que sea, ni algo grande. Estaría bien hacer algo útil o hermoso, o ambas cosas. Pero bastaría hacer algo normal.

Podría, por ejemplo, ganarme el pan, aunque fuera con el pudor de mi frente, y traer a casa un salario; o imprimir ritmo y melodía a virtuales rapiñas y cohechos para tener una huella ecológica espeluznante. Tener y no tener. Los pobres tienen angustia y los ricos no tienen vergüenza. Bien mirado, los ricos carecen de muchas cosas que a los pobres nos sobran. Deberíamos hacer donativos, además de atracar bancos.

Podría, si no, asociarme a un club ciclista y desarrollar los gemelos por los arcenes de Extraña, en paralelo a esas cunetas llenas de muertos prohibidos que dan tan buenas amapolas. Y tan rojas. Darle al pedal, como si nada.

Podría, en fin, recomendar la lectura de los Ensayos de Montaigne y callarme.

Pero de todo lo que podría hacer —y de todo lo que debo hacer y no sé cómo— lo que más me gustaría hacer es decidirme. No digo yo al buen tuntún, ni tras sesudas reflexiones. Imagino algo más suelto, más casual wear de marca, más oportuno. Prudente, pero no demasiado prudente. Bonito de ver.

Se dice pronto.

A decir verdad, con los años no he ganado en sabiduría y bondad. Solo voy siendo más viejo y me llevo peor con la materia. Pero, afortunadamente, no sigo teniendo las mismas ganas que el primer día.

No, no es que tire las ganas en cuanto se les nota el uso. Si hace falta, las llevo a que les cambien la cremallera. Pero las cosas dan para lo que dan. Y tarde o temprano hay que ponerse unas ganas nuevas.

Yo ya he tenido ganas acampanadas, pitillo, rectas, cortas, largas y con vuelta. La mayoría, de estreno; unas pocas, de segunda mano. Y con todas he experimentado la plenitud de los cuadernos nuevos, la eufórica impresión de estar a punto de hacer algo.

Ahora que voy a cumplir cincuenta y dos pienso estrenar. Y arda Troya.