16/4/12

Ser rico es de pobres

Si yo supiera de lo que sé la mitad de lo que sé de mi ignorancia, no sé qué haría con los excedentes de autoestima.

Hubo un tiempo en que me sentía tan seguro de mí mismo que creía aprender de mis pequeños errores juveniles. Debían de ser las hormonas, o algo. Luego empecé a equivocarme en serio, con errores grandes en los que se me veía ya más maduro, como más hecho y con voz propia. Eran los últimos años ochenta, y me dio por decir dinero más veces que psicopompo. Con lo feliz que me había hecho a mí decir psicopompo.

Llegaron los noventa, y lo bordé. Descubrí en mí una tenacidad nueva, una suerte de intolerancia al sentido común, un don para persistir en el error que me hacía inasequible a los encantos de la realidad. Mis equivocaciones adquirieron proporciones ciclópeas. Y a finales de la década estuve en condiciones de recoger los frutos de todo ese esfuerzo.

A la hipoteca la llamé hogar. A la vista cansada, cultura. Al saldo deudor de la tarjeta, placer. A la reducción de ingresos, proyecto. Y a los finiquitos, experiencia.

Dediqué los primeros años del siglo a probar errores nuevos, como por ejemplo hacer lo mismo de siempre pero cambiándole el nombre. O volver a decir psicopompo, pero haciéndome ilusiones. Luego lloré un poco, me quedé dormido y me caí del guindo.

Al despertar me dolía mucho España. Y noté que mi don para la equivocación no tenía nada de especial. Vi que había otros tontos, muchísimos, que también se habían creído el cuento y la habían pifiado a su manera. Vi que había listos, muchos, que se habían pasado de listos, y que sentados en los escaños y en los salones de plenos y en los consejos de administración daba tanto miedo como los tontos que se sentaban a su lado.

Por aquellas fechas los palos del sombrajo empezaron a caerse no sólo en cada cuarto de estar y a fin de mes, sino en los telediarios y todo el rato. Se hablaba mucho de Lehman Brothers, que suena a número de circo sin red, y más o menos. De Moody's, que es una marca perfecta para jerseys de los que hacen pelotillas. Y de Standard & Poor's, que viene a ser como Normalito & De pobres, pero en inglés.

Entonces tuve una iluminación. De bajo consumo, pero la tuve: ser rico es de pobres.

Me pareció que los ricos no hacen ni más ni menos que lo que harían los pobres si tuvieran su dinero. Y eso es razón más que suficiente para darle una patada al sistema allí donde nunca luce el sol y crear una sociedad diversa y sin clases. Pero ya. Porque la desigualdad siempre es injusta, pero cuando se da entre gente igual de hortera además es antiestética.

Ha sido ver la foto del rey, sin vergüenza, con el elefante sin vida detrás y el tipo sin mangas al lado, y me he quedado sin habla. Cuánta sangre chunga. Cuánta caspa de siglos. Y qué poca cabeza.

Pero no nos pasemos de optimistas: esto no lo arregla ni una república. Aquí sobran reliquias, pero sobre todo falta educación. Y eso lo desprecia y lo recorta cualquiera sin armiño.

No hay comentarios: