Nosotros, el pueblo, somos posibilistas y sanchicos, porque una cebolla alimenta más que una corona de laurel y no podemos costearnos una epopeya más que en ocasiones señaladas.
Por eso las causas perdidas, con su tufo a ciega obstinación, son tan del gusto de la épica popular, más dada al monosílabo que al silogismo y más afín a la sangre que a la tinta. Es natural que quien siempre pierde encuentre un modo de enaltecer la derrota.
Curiosamente, también la retórica cortesana, más proclive al circunloquio que al aserto y más amiga de la cifra que de los hechos, se aferra a las causas perdidas cuando le huele el culo a pólvora. Será porque todos somos nietos de la misma mona.
Pero la Gran Estafa ha dado a luz un género insólito, de inconfundible estilo europeo. Consiste en ser abogado de los efectos perdidos. Y es lo más.
Basta negar las causas, pasar por alto las evidencias, esgrimir unas tijeras y —esto es lo más importante— presentar las metas como logros, para estar en condiciones de presidir gobiernos y bancos centrales.
Aristóteles —ese ikea de los conceptos nacido en la próspera Grecia— sufriría un ictus si tuviera noticia de este discurso dominante, lleno de causas sin efecto y efectos sin causa. Nos quejábamos de que no se ponía dinero para aplicar la Ley de Dependencia y resulta que la Ley de Causa y Efecto lleva dos mil trescientos años sin presupuesto.
Esa gente tiene menos gusto que vergüenza. El nuevo arte de los efectos perdidos requiere tanta ciega obstinación como las causas perdidas, pero no produce leyendas ni otras cosas estéticas y gratuitas para disfrute de todos, sino rentas para un puñado de malos y de tontos a los que les gustan las cosas malas, como por ejemplo los bancos malos.
Y digo yo que si el banco malo es una solución tan buena para el sindiós de los balances, el plan servirá para más cosas. Cosas malas en general.
Por ejemplo, se podría montar en todas las capitales de provincia un restaurante malo donde vayan a parar todas las comidas chungas: ensaladillas con salmonela, sopas con mosca, boquerones con anisakis y demás. Todo muy barato, eso sí.
También se podría trasladar a un hospital malo a todos los cirujanos con tendencia a dejarse el tabaco entre las vísceras del paciente, a los anestesistas mengueles y a los enfermeros con hepatitis B. Allí podrían ir a parar también los medicamentos caducados y los sistemas de aire acondicionado con legionela.
Y, ya puestos, un partido malo. Es fácil: sacamos de todos los partidos de ahora a los necios, los corruptos, los mentirosos, los trepas y los ignorantes, y los juntamos en el partido malo. Y si el partido malo gana las elecciones —que viendo con qué soltura volvemos a votar a gente que hace aeropuertos peatonales y colecciona billetes pequeños, es más que posible—, que forme un gobierno malo en un país malo. En ese país malo podemos poner cosas como las curvas peligrosas, los vertidos tóxicos, las bombas, el senado y la bollería industrial. Y así.
De momento, todo apunta a que vamos a tener un euro malo. Y como no lo acepten en el restaurante malo, habrá que gastárselo en una epopeya, con acampadas, asambleas, barricadas, ocupaciones, cortes constituyentes y lo que haga falta.
Si lo hacemos bien, esta vez no será una causa perdida, sino un efecto encontrado, porque es lo que tiene el pueblo, que cuando lo buscas te lo acabas encontrando.
Viva la Pepa.
Ser inteligente es fácil; lo difícil es demostrarlo. Y a las pruebas me remito. Bienvenido al blog de Juan Antonio Almendros.
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4/9/12
3/3/12
Karma letal
Hay muchas personas que, cuando les señalas una estrella con el dedo, te huelen el culo para saber qué eres: hombre o mujer, de derechas o de izquierdas, catalán o madrileño, heterosexual o gay, rico o pobre, blanco o negro. Qué cruz.
Prefiero mil veces a los imbéciles, que miran el dedo, y punto. No sé si la naturaleza es sabia, pero está claro que tiene mucha experiencia. Quizá por eso obliga a los que tienen un sistema nervioso escueto a elegir entre descubrir la insondable belleza del universo y controlar su esfínter. Es la grandeza de lo vegetativo. La diferencia entre Montaigne y la baba. Lo que tiene que ser.
Yo he visto cosas que vosotros no creeríais si no fuera porque suceden a diario y salen hasta en Yahoo: ejecutar hipotecas en llamas más allá de la dación; he visto Chollos-B brillar en la oscuridad cerca de la huerta de Valencia. Todo ese cemento no se perderá en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de actuar.
Pero sucede que si viajas en burro, no puedes esperar que el GPS te dé mucha conversación, y ahora no es tiempo de silencio. Para arreglar las cosas hay que apearse del burro. Ahora. Y me explico:
Nos están estafando, robando, maltratando, despreciando, ignorando, prohibiendo, devaluando, entristeciendo, matando; nos están amargando la vida con la precisión de un neurocirujano y la desfachatez de un soplagaitas; y nosotros, la mayoría, la gente —los que no somos banqueros ni magnates ni príncipes de la iglesia ni nada— seguimos engolfados con la pequeña diferencia, el tanteo de marcador y el miedo a ser equivalentes.
Este sistema moribundo, que como buen malo está rabioso, nos agrega como receptores de mentiras, como consumidores, votantes y contribuyentes, y nos disgrega como pueblo, porque así la soberanía no sabe donde residir y se rinde a los encantos de ese hotel de cuatro estrellas con olor a bajante que es el poder establecido.
Cuando las personas que se sientan a firmar papeles con una bandera detrás dicen que hay que acrecer la productividad, tienen razón. La cuestión es qué producir. Yo creo que tenemos que producir más unión entre nosotros, el estado llano, con menos gasto de etiqueta, costumbre y prevención. Hay que poner el horizonte enemigo allí donde van a parar los euros y las ilusiones que nos faltan. Y dejarse de pamemas.
A estas alturas de la historia, tengo más en común con un bancario de derechas que con un banquero de izquierdas, porque aquél y yo nos estamos yendo por el mismo sumidero. Y estoy más dispuesto a que me partan una ceja defendiendo el sueño de un mundo steineriano —en el que la Libertad rija la educación y la cultura, la Igualdad presida la justicia y la Fraternidad cimiente la economía— que a plantearme si puedo ser compañero de viaje de una monja. Puedo serlo, y bueno, si entre los dos paramos un desahucio. Y si viajamos en algo que, siendo sostenible, se mueva más aprisa que un buen burro.
No creo ser un instrumento del karma, que es una cosa cósmica muy personal de cada uno, pero a ratos se me llena la mano de leches con nombre propio. Sobre todo cuando me cuentan patrañas poniendo cara de sabio, metiéndome una mano en el bolsillo y tapándome la boca con la otra. Eso lo llevo mal, como casi todo el mundo, y de eso se trata: o nos unimos en base a esas indignaciones y criterios compartidos, o nosotros sí que nos perderemos en el tiempo como lágrimas en la lluvia.
Cuando un sabio señala una mierda con el dedo los imbéciles miran la mierda. Y los islandeses el dedo. Viva Islandia.
Prefiero mil veces a los imbéciles, que miran el dedo, y punto. No sé si la naturaleza es sabia, pero está claro que tiene mucha experiencia. Quizá por eso obliga a los que tienen un sistema nervioso escueto a elegir entre descubrir la insondable belleza del universo y controlar su esfínter. Es la grandeza de lo vegetativo. La diferencia entre Montaigne y la baba. Lo que tiene que ser.
Yo he visto cosas que vosotros no creeríais si no fuera porque suceden a diario y salen hasta en Yahoo: ejecutar hipotecas en llamas más allá de la dación; he visto Chollos-B brillar en la oscuridad cerca de la huerta de Valencia. Todo ese cemento no se perderá en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de actuar.
Pero sucede que si viajas en burro, no puedes esperar que el GPS te dé mucha conversación, y ahora no es tiempo de silencio. Para arreglar las cosas hay que apearse del burro. Ahora. Y me explico:
Nos están estafando, robando, maltratando, despreciando, ignorando, prohibiendo, devaluando, entristeciendo, matando; nos están amargando la vida con la precisión de un neurocirujano y la desfachatez de un soplagaitas; y nosotros, la mayoría, la gente —los que no somos banqueros ni magnates ni príncipes de la iglesia ni nada— seguimos engolfados con la pequeña diferencia, el tanteo de marcador y el miedo a ser equivalentes.
Este sistema moribundo, que como buen malo está rabioso, nos agrega como receptores de mentiras, como consumidores, votantes y contribuyentes, y nos disgrega como pueblo, porque así la soberanía no sabe donde residir y se rinde a los encantos de ese hotel de cuatro estrellas con olor a bajante que es el poder establecido.
Cuando las personas que se sientan a firmar papeles con una bandera detrás dicen que hay que acrecer la productividad, tienen razón. La cuestión es qué producir. Yo creo que tenemos que producir más unión entre nosotros, el estado llano, con menos gasto de etiqueta, costumbre y prevención. Hay que poner el horizonte enemigo allí donde van a parar los euros y las ilusiones que nos faltan. Y dejarse de pamemas.
A estas alturas de la historia, tengo más en común con un bancario de derechas que con un banquero de izquierdas, porque aquél y yo nos estamos yendo por el mismo sumidero. Y estoy más dispuesto a que me partan una ceja defendiendo el sueño de un mundo steineriano —en el que la Libertad rija la educación y la cultura, la Igualdad presida la justicia y la Fraternidad cimiente la economía— que a plantearme si puedo ser compañero de viaje de una monja. Puedo serlo, y bueno, si entre los dos paramos un desahucio. Y si viajamos en algo que, siendo sostenible, se mueva más aprisa que un buen burro.
No creo ser un instrumento del karma, que es una cosa cósmica muy personal de cada uno, pero a ratos se me llena la mano de leches con nombre propio. Sobre todo cuando me cuentan patrañas poniendo cara de sabio, metiéndome una mano en el bolsillo y tapándome la boca con la otra. Eso lo llevo mal, como casi todo el mundo, y de eso se trata: o nos unimos en base a esas indignaciones y criterios compartidos, o nosotros sí que nos perderemos en el tiempo como lágrimas en la lluvia.
Cuando un sabio señala una mierda con el dedo los imbéciles miran la mierda. Y los islandeses el dedo. Viva Islandia.
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